Relatos

y Microrelatos
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Dec 16
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Aquella ocasión era, sin duda, la vez que más dinero contemplaba, reluciente, encima de la destartalada mesa de su tugurio favorito. El aire se volvía más denso a cada inhalación. Estudió los rostros de sus adversarios, gélidos. La misma muerte les haría parecer más vivos de lo que ahora lucían. Su vida, como experta jugadora, podía terminar esa noche. Extendió con cuidado la mano hacia el centro de la mesa y realizó su jugada maestra. Fue tan rápido que cayeron muertos antes de darse cuenta de que sostenía una presiosa Colt Anaconda en sus manos. Tomó el dinero, saludó al camarero y salió por la puerta.
Jun 03
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Se rieron de mí. ¡Claro que se rieron de mí! Justo como Thomas me dijo. Que me iban a tomar por loco. Infelices ellos. Sí, sabía en el fondo que lo harían, pero aún habría sido más idiota por mi parte no avisarles. Aquel policía gordito se reía de mí. No se rió tanto cuando horas después la patrulla que envió no regresó, sino que se pudieron escuchar sus gritos cuando vieron eso. Y después horripilantes sonidos de huesos rompiéndose. Al final me hicieron caso. Pero rechazaron mi sugerencia y pensaron que el cemento sería suficiente para retenerlo. Infelices.
Apr 15
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Encendía un cigarrillo mientras me miraba, sin apartarme de su abatida mirada.

- Verás, llevamos tiempo lidiando con esta situación, y se ha tornado un asunto realmente molesto. Estoy seguro de que tanto tú como yo queremos ver el final de esta travesía.

Asentí en silencio, mientras la enigmática nube de humo gris invadía mis cilios.

- Entonces -continuó- solucionemos esto como adultos. Elige arma.

Mar 28
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Despierto con un terrible dolor en la cabeza. La luz me ciega y me obliga a cerrar los ojos y contraer el rostro. Intento moverme pero lo único que recibo a cambio es más dolor. ¿Qué se supone que ha pasado?

Lo último que recuerdo es haber estado en esa habitación, investigando mi último caso. Recuerdo haber entrado y haberme extrañado sobremanera. El cuerpo yacía boca arriba, cerca de su dormitorio. Tenía la parte de la cara y el torso parcialmente quemados. Parecía que nada más en la habitación había sido pasto de las llamas. Además, las quemaduras parecían insuficientes para matarle. Había algo de sangre en el suelo. Pero lo que más me llamaba la atención era la gran cantidad de polvo que había por el suelo. Ninguna pisada sobre ella. Uniformemente distribuida. Nada de polvo en los estantes, en los muebles ni en ninguna repisa. Lo tomé sobre mis manos. Noté entonces que era ceniza. ¿Ceniza? ¿Habían quemado por completo algo aquí y éstos eran sus únicos rastros? La removí un poco. Debajo la moqueta permanecía inalterable. O era ignífuga, o algo fallaba.

Saqué unas cuantas fotografías y se llevaron el cadáver a hacerle la autopsia. Prácticamente se largaron todos de la escena y me dejaron allí. Trabajaba mejor así. Di un par de pasos para intentar visualizar qué había ocurrido. Apenas habían manchas de sangre, lo que dificultaba mi tarea. ¿No habría habido lucha? ¿Quizá obra de un enemigo muy superior? ¿Cómo quemaron a la víctima? Nada me encajaba demasiado. El resto del apartamento parecía normal. La cama deshecha, la basura sin bajar. Cuando mi mirada pasó sobre el reloj de la cocina noté lo tarde que se me había hecho, y abandoné el lugar silenciosamente.

Recuerdo que las calles de aquel barrio marginal estaban relativamente tranquilas, algo que no me inspiraba confianza alguna. Caminé hacia mi coche, el único que quedaba ya en la calle, con la mente todavía en aquella habitación. En mis años que llevaba trabajando como criminalista no me había encontrado con escena similar. Planteaba un divertido reto, después de todo. Al llegar al coche noté, mientras soltaba una maldición, que alguien había dado cuenta de las llantas de las ruedas, y que además se había detenido a pinchármelas también. Di un par de vueltas sobre el coche y después saqué mi teléfono móvil; quizás quedaba todavía alguien en la oficina y podría echarme un cable. Después, simplemente, un golpe en la cabeza y…

Sí, ya me había dicho mi padre (que en paz descanse) que éste no era un trabajo seguro. Que en las películas que él veía el autor siempre volvía a la escena del crimen y bla bla bla. Supongo que tenía que pasar, después de todo. Ahora simplemente sabía que me dolía todo el cuerpo, quizá un post-operatorio o el resultado de una paliza. O ambas cosas. Por lo menos manos y pies se movían.

Interrumpe entonces la escena el sonido de la puerta abriéndose. Miro con la esperanza de que aparezca una bata blanca y me cuente qué ha pasado, o una cara amiga que me diga qué fue del caso. Pero no. Entra una mujer. Lleva un traje de chaqueta y falda hasta las rodillas. Su rostro no me suena de nada. Pero camina firme y segura hasta el lado derecho de mi cama. Hannah. Dice que se llama Hannah.

Joder, necesito un cigarro.

Mar 13
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Bajé del tranvía en una parada que no era la mía. Mis ojos estaban fijos en una de esas personas que tienen ese magnetismo natural que hacen que te fijes que en ellos. A mí al menos me ocurría, pero por suerte parecía la única de todo el lugar que se sentía así de atraída. Caminaba manteniendo el mismo paso que ella, la misma distancia, el mismo camino. Me sentía tentada a cada momento de llamar su atención con la más mínima excusa. Pero me contuve. Apreté los dientes y me mordí la lengua, y esperé a que se alejara de mí. Después de todo no podía permitirme perder la condicional a la mínima oportunidad.
Feb 12
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Era poco más de las siete de la tarde de un día de invierno, noche cerrada prácticamente. El viento soplaba en la calle, como ya estábamos acostumbrados a ver, y la lluvia se colaba por debajo de la ropa, calándome los huesos. Si me hubieran dicho, hace ahora 10 años, que este clima sería el normal en Valencia, me hubiera echado a reír. Me ajusté el abrigo y caminé por las concurridas calles del centro hasta llegar a una cafetería, una de las más grandes que había por la zona. Saqué mi reloj de bolsillo antes de entrar; volvía a llegar con adelanto. Perfecto.

Dentro apenas había más luz de la que se dejaba ver en la calle. Era el ambiente perfecto para trabajar. Me acerqué hasta la barra y pedí un café cargado y una habitación, dejando un billete. El hombre levantó ligeramente la vista, observó el billete y se giró tras de sí, donde colgaban un montón de llaves magnéticas. Escogió una al azar y me la ofreció. Miré el número y asentí; conocía el camino.

Subí por las escaleras hasta el tercer piso, donde me esperaba la habitación 304. Me encantaba este servicio, cómodo y discreto. Entré en la habitación y dejé mi maletín sobre la mesita. La habitación, de forma rectangular, no debía tener más de cuatro metros cuadrados, pero disponía de todo lo necesario. Encendí un cigarrillo mientras escuchaba subir mi café por el mini-ascensor. Levanté la tapa y lo coloqué sobre la mesita, al lado del maletín. Después me senté a esperar en uno de los dos cómodos sillones.

Diez minutos más tarde un hombre entró en la habitación sin llamar. Nos conocíamos desde hacía tiempo, y no había lugar para formalismos. Echó una última mirada al pasillo confirmando que nadie le miraba y cerró la puerta. Escupió un escueto “Buenas” mientras se deshacía de la gabardina, del sombrero y la bufanda. Después se arremangó y se sentó en el sillón restante.

- ¿Lo has traído?

Sonreí con lentitud mientras me encendía un nuevo cigarrillo, y le señalaba, con la vista, el maletín.

- ¡Oh! ¡Estupendo! Me has vuelto a salvar el pellejo. Siempre es un placer… ¡Oh, gracias!

Respiró, profundamente aliviado. Desde que nos conocíamos nos habíamos encontrado en diferentes ocasiones, siempre en vista de prestarle mis servicios. Abrí mi maletín y saqué un par de finas carpetas, mientras le hacía las preguntas de rigor. Le ofrecí un cigarrillo, pero me lo rechazó. Comenzamos entonces con la conversación, que duró aproximadamente treinta minutos. Al finalizar la misma le entregué una de las hojas, cuidadosamente seleccionada. Él la miró con una sonrisa en el rostro.

- ¡Gracias! ¿C-cuanto te debo?

Le miré en silencio unos segundos.

- Esta vez, no me debes nada. Después de todo, gracias a esta conversación se me ha ocurrido una nueva idea, así que digamos que ha sido un intercambio justo.

El hombre me miró y asintió con vehemencia. Dobló cuidadosamente la hoja hasta que cupiera en su cartera y la introdujo en ella.

- Si me disculpas, entonces, me retiraré ya, que tengo trabajo que hacer.

Salió entonces por la puerta, con la sonrisa sobre el rostro y su nueva y recién adquirida idea a desarrollar bullendo en su cartera.

Jan 29
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La última vez que nos encontramos fue sentadas una frente a la otra, en esta cafetería que tan bien conocíamos. Realmente fue allí donde ella y yo nos conocimos. Nuestra presentación, bastante lejos de ese lugar, había sido fugaz y poco importante. Pero, casualidades, al final acabamos así, ella y yo solas, conociéndonos con todo el tiempo del mundo.

Quedábamos entonces bastantes más veces que ahora. Ella solía llegar con retraso, y yo me entretenía el la librería de enfrente esperando a que llegara su tren. Fue así, también, como descubrí y adquirí interesantes libros. Desde que dejé de ser puntual ya no me paso por esa librería. Por falta de inercia.

Entonces nos dedicábamos unas cuantas palabras mientras caminábamos. Las conversaciones nunca fueron forzadas ni siguieron una fluidez especial, ni ningún camino marcado. Se alejaban de esas largas conversaciones en las que vas entrelazando asuntos y acabas preguntándote cómo has llegado hasta aquí. Eran, más bien, conversaciones a saltos, tal como los pensamientos se nos presentan a veces en la mente. Sin ningún nexo en común. En realidad adoraba su forma de expresarse. Ningún niño podría haber mostrado más espontaneidad ni más sinceridad que ella.

Después acabábamos siempre en esta cafetería. Nos pedíamos lo de siempre y subíamos a la parte de arriba. Yo me dedicaba a escuchar sus ideas mientras saboreaba el café, preguntándome por qué ella dejaba enfriar el suyo. Su franqueza también era agradable. En ocasiones me contaba las cosas dos o tres veces, aunque yo le hiciera consciente de ello. Siempre me pregunté si era por cuestión de memoria, o porque contaba las mismas cosas a todo el mundo. O por ambas cosas. Diría que, incluso, me enamoré.

Y después, se acabó. Ella encontró otra gente, y yo también. Fue una separación casi natural. Aunque, por supuesto, seguíamos encontrándonos ocasionalmente. Volvíamos a esta misma cafetería, a esta misma mesa. Aunque no era hoy una de esas ocasiones, y no me encontraba con ella mientras apuraba el último sorbo y pagaba, saliendo, silenciosamente, a la calle.

Jan 22
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Sábado por la noche. Una vela alumbra la habitación. Cinco personas reunidas alrededor de una mesa. Encima de la misma, papeles, dados, y unos cuantos lápices. Algo que parece un mapa. El humo del tabaco flotando en el aire. Música de fondo. Se hace el silencio y comienza.

Ya no estamos aquí. Estamos en Boston. Un conocido nos ha reunido aquí, quiere hablarnos de un asunto. Entramos en casa de un tipo. Dice que tiene una casa alquilada y que ha tenido problemas con ella. Más que con ella, con el matrimonio al que se la alquiló. Los Macario. Ambos en el manicomio, sus hijos bastante lejos de aquí. Dicen que podría ser cosa de la casa. Sospecho. Quizás es un poco exagerado decir algo así. Me pregunto si hubieron más casos. Tomo nota mental y pienso en ir hasta la comisaría. Seguro que Ted me deja echar un vistazo en los archivos. Pienso que mejor le llevo unas rosquillas, por si acaso.

Horas después el tema me asusta. Demasiadas coincidencias. Algo no encaja aquí. Rose piensa igual que yo, y me es suficiente. Decidimos entre todos las visitas que vamos a realizar. Aquí y allá, vestigios de información hace que mi mano se dirija inconscientemente hacia mi revolver cada poco tiempo. […] El aire aquí es irrespirable. Un sonido llama mi atención. Me dirijo a la ventana y minutos después mi cuerpo golpea el suelo, acompañado del sonido de cristales rotos. La lluvia golpea mi rostro y oigo gritos en la habitación que acabo de abandonar. No puedo levantarme. Me quedo quieto, esperando. […] El rostro se nos desencajó a todos cuando vimos que se levantaba. Mi sentido común, mi experiencia con muertos me decía que no era posible. El miedo se apoderó de mí. Intenté hacerle frente pero fue inútil, sentí como poco a poco perdía la consciencia hasta que me noté profundamente dormido […]. Ya no era lo mismo. El rostro de todos es diferente. Yo me siento diferente. Intuyo que sólo es el principio…

Jan 07
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Al levantarse observó, en silencio, el resultado de su premeditada acción, del cuidado que había puesto en todos sus planificados movimientos, en lo limpio que había resultado todo. Un olor dulzón impregnaba el ambiente. Respiró profundamente, empapándose, con el tímido atisvo de una sonrisa saliendo de sus labios. Como quien está feliz del trabajo realizado, estiró su cuello y estalló los huesos de sus manos. Crack. Dio un par de pasos alrededor de su obra de arte, despejando su mente. O eso habría hecho si en su mente hubiera algo. Algo de arrepentimiento, algo de respeto, algo de conciencia, algo de moralidad, algo de algo. Algo más que palabras vacías. Sacudiéndose las manos, buscó una pala y comenzó a trabajar en una tumba para enterrar a su padre.
Dec 23
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No había sido el ruido del despertador el que me despertó. Sin embargo, era curioso como mi cuerpo había reaccionado a pesar de la ausencia del molesto pitido. Me había alzado rígido, asustado, había mirado rápidamente hacia el reloj confirmando mis temores. Eran las ocho en punto, y debía de estar partiendo hacia mis clases dentro de diez minutos, o llegaría tarde. Salí de la cama apresurado y en dirección al aseo. Busqué mi ropa en el armario, mis documentos sobre el escritorio, mi elegante mochila, mi pluma (regalo de mi difunto padre), mis gafas, mi abrigo y mi sombrero. No me dio tiempo a tomar nada antes de partir. Ni siquiera tuve tiempo para darme cuenta de que había dejado mi cuerpo, tumbado, sobre la cama.
Dec 22
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Un sudor frío me recorrió la espalda. Lo sentí nacer en lo más alto de la nuca y poco a poco descender por mis vértebras, dejando tras de si una sensación punzante. Tragué saliva, en varios intentos. Mis ojos se habían quedado fijos ante tamaña belleza. Prohibida, peligrosa. Era como ver a un animal salvaje encerrado con un uniforme de jaula. Por sus movimientos sabía que estaba hablando. Forcé mi cuerpo en un último spring y la escuché:

“¿Su billete, por favor?”

Se lo dí y salí corriendo del tranvía.

Dec 05
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Sucedió un día cualquiera, mientras caminaba por la calle. Comencé a oír una voz en mi cabeza. Su tono era dulce y amigable, todo lo contrario de lo que cabría esperar. Sus palabras estaban llenas de sabiduría. De verdad. Me daba consejos, me equilibraba. Con el paso del tiempo se le unieron más voces. Yo, acostumbrado, comencé a notar que sus palabras cada vez estaban más llenas de odio, de rencor. Todo aquello rompía con mi filosofía de vida, así que dejé de prestarles atención. Aún así, seguían ahí, haciendo de banda sonora de mi día a día. Cuando, de repente, todas ellas se callaron sentí el mayor vacío concebido y el más mudo de los silencios.

Y entonces supe que había perdido la cordura.