November192007
Nueve y treinta y cinco de la noche, quince grados celsius. El vapor de agua de mis labios se condensa en un suave hormigueo, perceptible perfectamente a mis oídos. Las calles están vacías y sólo se iluminan por algún coche lejano y por la tenue luz que surge de unas pocas docenas de ventanas. Luz que emiten sin fuerza, sin vida, como si del último soplo de un preso camino hacia su trono se tratara. Mi rostro se gira hacia ellas, cautivado, deseando la compañía que tras ellas se esconde. Agotado, camino sin vista y sin miedo. Camino imaginándome la vida de cada una de esas personas que se esconden tras las luces de sus ventanas. Y camino, sin vacilar, sin notar el cambio de acera ni la luz cada vez más cerca de mis oídos.
November212007
Llegó cansado como cualquier día a su casa. Su mujer le esperaba con la cena caliente en la mesa. Al teléfono, su hija, que residía en España. Había contraído una enfermedad y el médico le había recomendado un clima más cálido. Su mujer le pasó el teléfono, como todas las noches. Él llegaba, colgaba el sombrero y la chaqueta y contestaba. Esa rutina duraba demasiado. Traerla de vuelta a Francia no era fácil. No eran buenos tiempos.
Esa noche, tras colgar el teléfono, cogió su violín, se volvió a poner la chaqueta y el sombrero y subió a la terraza. Encendió un cigarrillo y miró a la noche. Nadie supo después qué pensamientos le cruzaron la mente para que prendiera fuego al violín y se quedara allí, mirando sus cenizas.