December222007

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Un sudor frío me recorrió la espalda. Lo sentí nacer en lo más alto de la nuca y poco a poco descender por mis vértebras, dejando tras de si una sensación punzante. Tragué saliva, en varios intentos. Mis ojos se habían quedado fijos ante tamaña belleza. Prohibida, peligrosa. Era como ver a un animal salvaje encerrado con un uniforme de jaula. Por sus movimientos sabía que estaba hablando. Forcé mi cuerpo en un último spring y la escuché:

“¿Su billete, por favor?”

Se lo dí y salí corriendo del tranvía.

December52007

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Sucedió un día cualquiera, mientras caminaba por la calle. Comencé a oír una voz en mi cabeza. Su tono era dulce y amigable, todo lo contrario de lo que cabría esperar. Sus palabras estaban llenas de sabiduría. De verdad. Me daba consejos, me equilibraba. Con el paso del tiempo se le unieron más voces. Yo, acostumbrado, comencé a notar que sus palabras cada vez estaban más llenas de odio, de rencor. Todo aquello rompía con mi filosofía de vida, así que dejé de prestarles atención. Aún así, seguían ahí, haciendo de banda sonora de mi día a día. Cuando, de repente, todas ellas se callaron sentí el mayor vacío concebido y el más mudo de los silencios.

Y entonces supe que había perdido la cordura.

December42007

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Últimamente volvía a casa andando. Lo hacía sólo para pasar por esa casa. Me atraía de ella esa ventana que asomaba desde el ático, redonda, con un cristal que giraba según uno de los múltiples ejes de la circunferencia, que lucía negra fuera la hora que fuera. Pasaba por allí y me imaginaba cosas: una mano ensangrentada saliendo de ella, el débil brillo de algún utensilio de tortura. Me imaginaba que el sol la iluminaba por completo y veía los horrores que escondía. Me imaginaba asomando mi cabeza y veía como alguna bestia me devoraba. Sentía curiosidad, deseo y miedo a partes iguales.

De pequeña me decían que había que tener cuidado con lo que deseaba. Aquel atardecer finalmente lo entendí.

November212007

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Llegó cansado como cualquier día a su casa. Su mujer le esperaba con la cena caliente en la mesa. Al teléfono, su hija, que residía en España. Había contraído una enfermedad y el médico le había recomendado un clima más cálido. Su mujer le pasó el teléfono, como todas las noches. Él llegaba, colgaba el sombrero y la chaqueta y contestaba. Esa rutina duraba demasiado. Traerla de vuelta a Francia no era fácil. No eran buenos tiempos.

Esa noche, tras colgar el teléfono, cogió su violín, se volvió a poner la chaqueta y el sombrero y subió a la terraza. Encendió un cigarrillo y miró a la noche. Nadie supo después qué pensamientos le cruzaron la mente para que prendiera fuego al violín y se quedara allí, mirando sus cenizas.

November192007

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Nueve y treinta y cinco de la noche, quince grados celsius. El vapor de agua de mis labios se condensa en un suave hormigueo, perceptible perfectamente a mis oídos. Las calles están vacías y sólo se iluminan por algún coche lejano y por la tenue luz que surge de unas pocas docenas de ventanas. Luz que emiten sin fuerza, sin vida, como si del último soplo de un preso camino hacia su trono se tratara. Mi rostro se gira hacia ellas, cautivado, deseando la compañía que tras ellas se esconde. Agotado, camino sin vista y sin miedo. Camino imaginándome la vida de cada una de esas personas que se esconden tras las luces de sus ventanas. Y camino, sin vacilar, sin notar el cambio de acera ni la luz cada vez más cerca de mis oídos.