November192007

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Nueve y treinta y cinco de la noche, quince grados celsius. El vapor de agua de mis labios se condensa en un suave hormigueo, perceptible perfectamente a mis oídos. Las calles están vacías y sólo se iluminan por algún coche lejano y por la tenue luz que surge de unas pocas docenas de ventanas. Luz que emiten sin fuerza, sin vida, como si del último soplo de un preso camino hacia su trono se tratara. Mi rostro se gira hacia ellas, cautivado, deseando la compañía que tras ellas se esconde. Agotado, camino sin vista y sin miedo. Camino imaginándome la vida de cada una de esas personas que se esconden tras las luces de sus ventanas. Y camino, sin vacilar, sin notar el cambio de acera ni la luz cada vez más cerca de mis oídos.