February122008
Era poco más de las siete de la tarde de un día de invierno, noche cerrada prácticamente. El viento soplaba en la calle, como ya estábamos acostumbrados a ver, y la lluvia se colaba por debajo de la ropa, calándome los huesos. Si me hubieran dicho, hace ahora 10 años, que este clima sería el normal en Valencia, me hubiera echado a reír. Me ajusté el abrigo y caminé por las concurridas calles del centro hasta llegar a una cafetería, una de las más grandes que había por la zona. Saqué mi reloj de bolsillo antes de entrar; volvía a llegar con adelanto. Perfecto.
Dentro apenas había más luz de la que se dejaba ver en la calle. Era el ambiente perfecto para trabajar. Me acerqué hasta la barra y pedí un café cargado y una habitación, dejando un billete. El hombre levantó ligeramente la vista, observó el billete y se giró tras de sí, donde colgaban un montón de llaves magnéticas. Escogió una al azar y me la ofreció. Miré el número y asentí; conocía el camino.
Subí por las escaleras hasta el tercer piso, donde me esperaba la habitación 304. Me encantaba este servicio, cómodo y discreto. Entré en la habitación y dejé mi maletín sobre la mesita. La habitación, de forma rectangular, no debía tener más de cuatro metros cuadrados, pero disponía de todo lo necesario. Encendí un cigarrillo mientras escuchaba subir mi café por el mini-ascensor. Levanté la tapa y lo coloqué sobre la mesita, al lado del maletín. Después me senté a esperar en uno de los dos cómodos sillones.
Diez minutos más tarde un hombre entró en la habitación sin llamar. Nos conocíamos desde hacía tiempo, y no había lugar para formalismos. Echó una última mirada al pasillo confirmando que nadie le miraba y cerró la puerta. Escupió un escueto “Buenas” mientras se deshacía de la gabardina, del sombrero y la bufanda. Después se arremangó y se sentó en el sillón restante.
- ¿Lo has traído?
Sonreí con lentitud mientras me encendía un nuevo cigarrillo, y le señalaba, con la vista, el maletín.
- ¡Oh! ¡Estupendo! Me has vuelto a salvar el pellejo. Siempre es un placer… ¡Oh, gracias!
Respiró, profundamente aliviado. Desde que nos conocíamos nos habíamos encontrado en diferentes ocasiones, siempre en vista de prestarle mis servicios. Abrí mi maletín y saqué un par de finas carpetas, mientras le hacía las preguntas de rigor. Le ofrecí un cigarrillo, pero me lo rechazó. Comenzamos entonces con la conversación, que duró aproximadamente treinta minutos. Al finalizar la misma le entregué una de las hojas, cuidadosamente seleccionada. Él la miró con una sonrisa en el rostro.
- ¡Gracias! ¿C-cuanto te debo?
Le miré en silencio unos segundos.
- Esta vez, no me debes nada. Después de todo, gracias a esta conversación se me ha ocurrido una nueva idea, así que digamos que ha sido un intercambio justo.
El hombre me miró y asintió con vehemencia. Dobló cuidadosamente la hoja hasta que cupiera en su cartera y la introdujo en ella.
- Si me disculpas, entonces, me retiraré ya, que tengo trabajo que hacer.
Salió entonces por la puerta, con la sonrisa sobre el rostro y su nueva y recién adquirida idea a desarrollar bullendo en su cartera.