March282008

text

Despierto con un terrible dolor en la cabeza. La luz me ciega y me obliga a cerrar los ojos y contraer el rostro. Intento moverme pero lo único que recibo a cambio es más dolor. ¿Qué se supone que ha pasado?

Lo último que recuerdo es haber estado en esa habitación, investigando mi último caso. Recuerdo haber entrado y haberme extrañado sobremanera. El cuerpo yacía boca arriba, cerca de su dormitorio. Tenía la parte de la cara y el torso parcialmente quemados. Parecía que nada más en la habitación había sido pasto de las llamas. Además, las quemaduras parecían insuficientes para matarle. Había algo de sangre en el suelo. Pero lo que más me llamaba la atención era la gran cantidad de polvo que había por el suelo. Ninguna pisada sobre ella. Uniformemente distribuida. Nada de polvo en los estantes, en los muebles ni en ninguna repisa. Lo tomé sobre mis manos. Noté entonces que era ceniza. ¿Ceniza? ¿Habían quemado por completo algo aquí y éstos eran sus únicos rastros? La removí un poco. Debajo la moqueta permanecía inalterable. O era ignífuga, o algo fallaba.

Saqué unas cuantas fotografías y se llevaron el cadáver a hacerle la autopsia. Prácticamente se largaron todos de la escena y me dejaron allí. Trabajaba mejor así. Di un par de pasos para intentar visualizar qué había ocurrido. Apenas habían manchas de sangre, lo que dificultaba mi tarea. ¿No habría habido lucha? ¿Quizá obra de un enemigo muy superior? ¿Cómo quemaron a la víctima? Nada me encajaba demasiado. El resto del apartamento parecía normal. La cama deshecha, la basura sin bajar. Cuando mi mirada pasó sobre el reloj de la cocina noté lo tarde que se me había hecho, y abandoné el lugar silenciosamente.

Recuerdo que las calles de aquel barrio marginal estaban relativamente tranquilas, algo que no me inspiraba confianza alguna. Caminé hacia mi coche, el único que quedaba ya en la calle, con la mente todavía en aquella habitación. En mis años que llevaba trabajando como criminalista no me había encontrado con escena similar. Planteaba un divertido reto, después de todo. Al llegar al coche noté, mientras soltaba una maldición, que alguien había dado cuenta de las llantas de las ruedas, y que además se había detenido a pinchármelas también. Di un par de vueltas sobre el coche y después saqué mi teléfono móvil; quizás quedaba todavía alguien en la oficina y podría echarme un cable. Después, simplemente, un golpe en la cabeza y…

Sí, ya me había dicho mi padre (que en paz descanse) que éste no era un trabajo seguro. Que en las películas que él veía el autor siempre volvía a la escena del crimen y bla bla bla. Supongo que tenía que pasar, después de todo. Ahora simplemente sabía que me dolía todo el cuerpo, quizá un post-operatorio o el resultado de una paliza. O ambas cosas. Por lo menos manos y pies se movían.

Interrumpe entonces la escena el sonido de la puerta abriéndose. Miro con la esperanza de que aparezca una bata blanca y me cuente qué ha pasado, o una cara amiga que me diga qué fue del caso. Pero no. Entra una mujer. Lleva un traje de chaqueta y falda hasta las rodillas. Su rostro no me suena de nada. Pero camina firme y segura hasta el lado derecho de mi cama. Hannah. Dice que se llama Hannah.

Joder, necesito un cigarro.